Guardianes de la braña: el valor de la ganadería extensiva y los pastos comunales en el Valle de la Tercia

El paisaje abierto de nuestras peñas no es fruto del azar: es la huella viva de generaciones de vecinos, vacas y yeguas moldeando la montaña y defendiendo el patrimonio comunal en el Alto Bernesga

El paisaje modelado a fuego lento: la huella de nuestros ganaderos

Quien sube por el Valle de la Tercia hacia Pajares o levanta la vista hacia las peñas calizas que custodian nuestros pueblos no contempla una casualidad botánica. Esas praderías abiertas, donde el piornal y la escoba no terminan de engullir el monte, son el fruto del trabajo secular de la ganadería extensiva. En el corazón de la Reserva de la Biosfera del Alto Bernesga, el ganado no adorna la postal: es la mano artesana que ha construido el equilibrio ecológico, cultural y paisajístico de nuestra comarca.

La fuerza de lo comunal: concejo, ordenanzas y puertos vivos

En la montaña central leonesa, la tierra siempre ha tenido sentido desde la comunidad. La gestión de los pastos comunales en los pueblos del municipio de Villamanín es una de las mayores lecciones de economía social y custodia del territorio que conservamos.

Cada primavera, en cuanto la nieve levanta y el pasto comienza a apuntar, vacas pardas, asturianas y ganado caballar suben al puerto. Lo hacen respetando unos calendarios, unas cargas y unas ordenanzas que las Juntas Vecinales custodian desde hace siglos. Este régimen comunal cumple una triple función fundamental:


  • Equidad vecinal: Asegura que los recursos de la braña y del monte se aprovechen de forma justa y regulada entre los vecinos.



  • Mantenimiento del patrimonio rural: Mantener el ganado en el monte implica conservar abrevaderos, limpiar regueros, desbrozar caminos y sostener pasos que hoy aprovechan también andarines y visitantes.



  • Arraigo identitario: Sin el ganado aprovechando las suertes de pasto, los términos de nuestros pueblos pierden su valor tradicional y el monte deja de pertenecer vivamente al pueblo.


Prevención real de incendios y biodiversidad en el Bernesga

En un tiempo donde tanto se teoriza sobre la despoblación y el cambio climático, la presencia del vacuno y el equino en los puertos cumple una tarea medioambiental que ninguna máquina ni cuadrilla forestal puede sustituir a semejante escala:


  • Desbroce continuo y cortafuegos naturales: El pastoreo diario retiene el avance imparable de la maleza seca y el matorral leñoso, fragmentando el combustible vegetal y frenando el riesgo de incendios descontrolados en verano.



  • Custodia de la flora y fauna de alta montaña: El diente del ganado genera el mosaico vegetal que permite convivir a plantas endémicas, mariposas y aves de cumbre. Una ladera comida por la carba cerrada es un desierto biológico inflamable.



  • Protección del suelo frente a la erosión: El pisoteo asentado y el sistema radicular de una pradera bien comida retienen la tierra en las fuertes pendientes calizas, impidiendo que las lluvias torrenciales y las riadas del deshielo arrastren el suelo fértil al fondo del valle.


Pueblos como Millaró, Rodiezmo, Fontún, San Martín de la Tercia, Camplongo o Tonín no serían reconocibles sin sus ganaderías. Sin ellas, el valle quedaría reducido a una mancha espesa, impenetrable y vulnerable al fuego.

De la burocracia a la ladera: un oficio al que no le sobran trabas

Pese a los discursos institucionales sobre sostenibilidad, quienes viven pegados al animal afrontan una realidad muy dura. Las normativas diseñadas a cientos de kilómetros en despachos urbanos imponen trabas burocráticas asfixiantes para explotaciones de montaña familiar. A ello se suman los costes desmedidos del forraje y el gasoil en los inviernos largos, las complejidades de los saneamientos sanitarios, la constante presión de la fauna silvestre y la dificultad manifiesta para consolidar el relevo generacional entre los jóvenes de la comarca.

Cuidar de una explotación en alta montaña no es una profesión cualquiera: exige vocación absoluta, dureza física los 365 días del año y un compromiso incuestionable con la tierra.

Defender el campo empieza en casa

Para que las esquilas sigan sonando en las mañanas de verano por los puertos de La Tercia y Arbas no bastan las palabras de reconocimiento ni los sellos de protección. Hace falta respaldar a quienes madrugan para alimentar a las reses:


  • Reivindicar precios justos y exigir condiciones burocráticas adaptadas a la montaña en lugar de recetas industriales.



  • Consumir carne y productos criados en nuestros valles, garantizando que el dinero se quede en las carnicerías, mesones y economías del entorno.



  • Valorar el papel de las Juntas Vecinales en la defensa de sus montes comunales frente al abandono.


Cuidar a nuestros ganaderos no es un acto de nostalgia; es la única garantía de que San Martín, el Valle de la Tercia y toda la Reserva de la Biosfera sigan teniendo futuro, vida y memoria.